Hay rincones que guardan un encanto sin igual, lugares especiales en los que parece que volvamos atrás en el tiempo, dejando de lado tecnologías, y ruido, y cartas con platos imposibles de leer o memorizar. Hay sitios que nos ofrecen un instante de tranquilidad, en los que disfrutar de lo mejor de nuestra gastronomía, sin complicaciones, ni alardes culinarios. Hablamos de los furanchos, muy típicos de Galicia.

Pero, ¿qué son los furanchos? Los furanchos son, básicamente, casas particulares en las que se habilita una zona para que aquellos visitantes degusten los vinos propios que han sobrado de la cosecha del año. Es una forma de acabar con el excedente y de paso, como no, acompañar esos caldos de un buen majar, desde tortillas de patata y empanadas, a toda clase de embutidos y quesos, incluso si te apetece unos huevos recogidos de sus propias gallinas, o una ensalada con lo que tienen en la huerta.

Como veis, en la cultura del furancho no hay porcelana fina, ni comida deconstruída; todo es rústico, basto incluso, pero ahí reside su encanto, en su sencillez, pero una sencillez de calidad, esa que nos transporta a la magia y serenidad de los pueblos, también a nuestra infancia, y esos platos que cocinaban nuestras abuelas.

El éxito de los furanchos es tal en la comunidad vecina, que algunos han llegado a transformarse en restaurantes. Pero lo que no cambia es su afán por ofrecer comida casera con productos propios, tal y como se hacía antaño.

En el Bierzo no existen, al menos no lo hacen todavía, aunque sí que hay costumbre de reunirse en bodegas particulares, de forma más privada, y disfrutar de la misma forma de un buen vino y comida caseros. Y es que, al final, como en casa, en ningún sitio.