vino y queso

El calor ya no es una simple amenaza, es una realidad instalada en el valle, y las tardes invitan a buscar refugio en la sombra de una parra o en la terraza más fresca que encuentres. Delante de ti, una copa de vino. Da igual si es un Mencía que refleja la luz granate del atardecer o un Godello frío que empaña el cristal. Le das el primer trago. Está bueno. Pero, instintivamente, tu mano busca algo más en la mesa. Busca queso.

Siempre hemos sabido que el vino y el queso nacieron para entenderse. Es esa sabiduría popular de las abuelas, de las meriendas en la penumbra de la bodega y de las cenas improvisadas que acaban a las tantas de la madrugada. Lo que nos faltaba era que alguien con bata blanca en un laboratorio nos diera la palmada en la espalda. Y adivina qué: ya lo han hecho.

El estudio francés que confirma lo que ya sabíamos

Resulta que el Centro para el Sabor y Comportamiento Alimentario de Francia (un nombre muy rimbombante para gente que básicamente se dedica a estudiar por qué disfrutamos comiendo) decidió poner a prueba este matrimonio gastronómico.

El experimento fue envidiable: sentaron a un grupo de personas y les dieron a probar cuatro vinos a palo seco. Anotaron sus impresiones. Después, les sirvieron esos mismos cuatro vinos, pero esta vez acompañados de cuatro tipos diferentes de queso.

El veredicto fue unánime: el placer de beber vino aumentaba de forma evidente, o como mínimo se mantenía intacto, tras la ingesta del queso. Ningún vino empeoró. ¿El motivo? Pura química en tu boca. La grasa y las proteínas del queso actúan como un bálsamo en las papilas gustativas, suavizando la astringencia del vino (esa sensación de sequedad en las encías que dejan algunos tintos) y realzando sus aromas más afrutados. Básicamente, el queso prepara el terreno para que el vino brille con luz propia.

El manual para no fallar: 4 quesos, 4 aciertos

Pero cuidado, que aquí no vale el «todo con todo». Echarle un queso azul de potencia nuclear a un vino blanco delicado es como meter a una banda de rock duro en medio de un concierto de música clásica: uno ensordece al otro.

Para que no te compliques la vida frente al mostrador de la quesería, vamos a dividir el mundo del queso en cuatro grandes familias y a buscarles su pareja de baile ideal con lo que tenemos en el Bierzo. Toma nota:

  1. Quesos de Pasta Blanda («Bloomy» o Cremosos)

Hablamos de esos quesos que tienen una corteza aterciopelada y enmohecida (piensa en un buen rulo de cabra, un Brie o un Camembert). Por dentro son pura crema, casi líquidos si los dejas a temperatura ambiente, con un sabor láctico que te inunda el paladar.

  • El Maridaje: Aquí necesitas un «cuchillo líquido» que corte esa grasa para que la boca no se sature. Un Godello joven y vibrante, servido bien frío. La acidez natural y los toques minerales de nuestra uva blanca limpian la lengua de maravilla y la dejan lista para el siguiente bocado.
  1. Quesos Frescos y Ligeros

Son quesos con mucha humedad, de esos que se deshacen o se untan con facilidad. Desde un requesón tradicional hasta cremas untables a las que se les añaden hierbas aromáticas o un ligero toque picante. Tienen un sabor suave, amable y muy fresco.

  • El Maridaje: Como el sabor del queso es tan sutil, el vino no puede ser un gigante que lo aplaste. Opta por un Rosado del Bierzo o un blanco elaborado con uva Doña Blanca. Son vinos golosos y con notas florales que van a abrazar la suavidad del queso sin enmascararlo.
  1. Quesos Duros y Curados

Entramos en territorio serio. Quesos de oveja con meses (o años) de curación. Pastas prensadas, duras, que casi se rompen en lascas irregulares al meterles el cuchillo. Aquí hay salinidad, hay intensidad profunda y, a veces, un picor final que te avisa de que estás ante un señor queso.

  • El Maridaje: Este queso tiene los hombros lo suficientemente anchos como para aguantar un Mencía con crianza. El paso por barrica de roble le da al tinto la estructura, el cuerpo y los taninos necesarios para agarrarse a las proteínas de un queso curado. Es un combate de pesos pesados donde el único que gana eres tú.
  1. Quesos Azules

Los rebeldes de la tabla. Hablamos de quesos picantes, muy salados, con un olor penetrante y esas vetas azuladas (como nuestro vecino el queso de Valdeón). No dejan indiferente a nadie: o los amas con devoción o huyes de ellos.

  • El Maridaje: Tienes dos caminos. O buscas el contraste extremo con un vino ligeramente dulce que choque con la sal del queso (provocando fuegos artificiales en la boca), o te vas a un tinto Mencía de viñas viejas, muy robusto y maduro. La clave es que el vino tenga suficiente potencia para no desaparecer detrás del bofetón de sabor del hongo.

La próxima vez que prepares una tabla en casa este verano, no lo dejes al azar. Piensa en texturas, piensa en intensidad y, sobre todo, destapa una botella que esté a la altura del bocado. La ciencia ya te ha dado permiso para disfrutar el doble; ahora te toca a ti descorchar.