Estamos en mayo. Si te asomas a cualquier mirador de la comarca en esta época del año, vas a notar un cambio de color espectacular. Venimos de hablar de las montañas, de los inviernos crudos en las pallozas de los Ancares, pero hoy nos toca bajar al llano. Toca quitarnos el abrigo grueso y mancharnos las botas con la tierra más agradecida que tenemos.

Hoy viajamos al corazón geográfico y agrícola de nuestra tierra: el Bierzo Bajo.

Si las montañas son el escudo que nos protege del mal tiempo, el Bierzo Bajo es la gran despensa que nos alimenta. Es esa zona profunda, llana y protegida donde nuestro famoso microclima hace su magia de verdad, convirtiendo cada palmo de tierra en una fábrica natural de sabor.

La «olla» mágica que nos da de comer

Durante muchos años, con la fiebre de la industrialización, esta misma zona fue el motor minero e industrial de la provincia, agujereando la tierra en busca de carbón y hierro. Pero las minas se cierran y la tierra sigue ahí. El sector primario, el trabajo duro en el campo, es el que nunca nos ha fallado.

Y no es para menos. Estamos hablando de un territorio que engloba una lista de municipios que, para cualquier amante de la gastronomía, suenan a gloria bendita. Es un paseo que abarca desde la propia capital hasta los límites con Galicia:

  • El epicentro: Ponferrada, Camponaraya y Cacabelos.
  • La nobleza histórica: Villafranca del Bierzo.
  • Las tierras de labor: Arganza, Borrenes, Cabañas Raras, Carracedelo, Cubillos del Sil, Priaranza del Bierzo, Sancedo y Toral de los Vados.

En todos ellos se repite el mismo patrón: vegas llanas, tierras ricas, agua abundante y un sol que en verano aprieta con ganas, favoreciendo una producción hortofrutícola que es la envidia del norte de España.

El verdadero oro del Bierzo Bajo se bebe en copa

Podríamos hablar de los pimientos, de las peras conferencia o de las manzanas reineta, pero en mayo, el paisaje del Bierzo Bajo está dominado por un solo rey: el viñedo.

Ahora mismo, las cepas están en pleno crecimiento vegetativo. Esas cepas viejas, plantadas en laderas de monte bajo y en los valles de la cuenca, se están tiñendo de un verde rabioso. Es el momento en el que el viticultor mira al cielo rezando para que no caiga una helada tardía que le arruine el trabajo de todo el invierno.

Aquí el vino no es una moda, es la sangre de la tierra. La Denominación de Origen Bierzo no habría conquistado las mesas de medio mundo si no fuera por el trabajo de espinazo doblado que se hace en estas parcelas.

Viñas del Bierzo: El triunfo del trabajo en equipo

Hacer vino en el Bierzo no es fácil. Aquí hay mucho minifundio, mucha parcela pequeña heredada de los abuelos. Por eso, el cooperativismo ha sido fundamental para sobrevivir y triunfar.

Un ejemplo perfecto de esto, situado en pleno corazón de este territorio, es la sociedad cooperativa Viñas del Bierzo. Han sabido recoger la uva de cientos de familias, aplicar el conocimiento de generaciones y embotellarlo en vinos como su Gran Bierzo. Cuando ves que botellas como estas se llevan premios y nominaciones internacionales, sientes un orgullo tremendo, porque sabes que detrás de esa etiqueta no hay una multinacional fría, sino las manos agrietadas de tus vecinos.

La bota, el campo y la vida

No hay que olvidar de dónde venimos. En el Bierzo Bajo, la cultura de la uva y la vid lo empapa todo: las fiestas patronales, las reuniones de domingo y, por supuesto, el trabajo.

Antes de que llegaran los tractores con aire acondicionado, las jornadas bajo el sol escardando o podando eran demoledoras. ¿Y qué lo hacía soportable? La bota de vino. Un trago fresco, a la sombra de un castaño o de la propia cepa, era suficiente para recuperar el aliento y seguir doblando el riñón.

Ese es el verdadero sabor del Bierzo Bajo. No es un esnobismo de catas estiradas; es el premio al trabajo duro en la tierra más fértil que tenemos. Así que, la próxima vez que descorches un Mencía o un Godello, cierra los ojos e imagina ese valle llano, verde y silencioso. Estás bebiendo paisaje puro.