Ocurría en abril de 2010, cuando la Junta de Castilla y león autorizaba la supresión de Santibáñez de Montes, un pueblo perteneciente al municipio de Torre del Bierzo, y que a finales de los años 60 quedó completamente abandonado. Más de 40 años después, este pueblo minero desaparecía del mapa para siempre.

Rescatamos este bonito relato sacado del blog Mi mágico León

«Hay una frase hermosa que dice así: “Recordar es volver a vivir, y vivir en el recuerdo es no morir jamás”.

Yo soy un pueblo de los que piensa así, de una manera llena de esperanza y melancolía, cómo no, la vida también tiene su carga melancólica, pero… ¿sabes qué? a veces la melancolía toma un carácter más agrio y se vuelve tristeza, enfado.

Recordar es volver a vivir, vivir en las casas que antaño se mantenían en pie, mojarse con el agua que atravesaba mis ser, oír a los vecinos que planeaban su próximo partido de fútbol, a los mozos preparar alguna trastada y a las mozas comentar historias tan femeninas… recordar es pensar en tiempos pasados y sentirlos vivos…

Y… ¿sabes qué? estoy triste, triste, cansado y enfadado.

¿Nunca un pueblo te había hablado así, verdad? Pues yo sí lo hago, y lo hago porque me niego a desaparecer, me niego a formar parte del recuerdo cuando aún estoy vivo y formo parte de la historia de tantas personas que llevan grabado mi nombre en su corazón, como diría Neruda: “a sangre y fuego”…

Estoy cansado, cansado de ver cómo personas que no saben de mí, deciden un día que ya no existo, y yo me pregunto… ¿es que no me ven? estoy aquí, ¡aquí! en el Alto Bierzo, a sólo un pasín de La Maragatería, y por mis lares sigue corriendo el agua que mojaba a los chiquillos que tanto crecieron, en mis calles sigue habiendo casas, en mis tierras sigue estando el camposanto que tantas lágrimas vio derramar y tanto amor en forma de flor dejar, con la mayor de las ternuras, sobre el lecho en el que descansan las moradas de quienes ya se fueron…

Estoy triste, cansado, y estoy enfadado, enfadado con quienes se rinden ante la aplastante realidad sin luchar, sin hacer más que contemplar cómo otro pantano sin agua inunda mi ser y lo sumerge bajo el manto del olvido.

Esta desidia es agotadora, mucho… pero siempre hay una luz, una esperanza, una ilusión, siempre… aunque no lo parezca, hasta la noche más larga tiene su amanecer, y yo nací en un precioso valle recorrido por arroyos de agua cristalina, un valle que regaló la riqueza de su tierra y le dio forma de mina, un valle repleto de vida y alegría, de moras, nueces, castañas, y los arándanos más deliciosos de la Tierra.

Vivo, porque sigo vivo, en un valle repleto de vida, y esta vez, voy a pedir a la bruja Escolástica uno de sus conjuros a ver si reunimos a las fuerzas estelares y conseguimos alimentar, con espíritu renovado, la vida de la escuela, la iglesia, el equipo de fútbol y la cantina, nuestra querida cantina.

Estoy cansado, sí, pero no me rindo, y… ¿te cuento un secreto? sé, que después de leer mi testimonio, tú tampoco lo harás.

Santibáñez de Montes, el guerrero sin descanso.»