Las sopas de ajo existen en el Bierzo desde siempre. Es un plato humilde, cocinado en todos los hogares rurales durante el invierno. Su origen nos viene de  nuestra herencia castellana y de las tradicionales sopas de pan. Es un plato sencillo, con el que se aprovechaban los restos de pan duro y se cocinaban con agua, sal, ajo, pimentón y laurel. La sopa se podía enriquecer con huevo, chorizo o jamón, dependiendo de las posibilidades de cada casa.

Las sopas de ajo eran el almuerzo más frecuente de los labradores, un plato que les ayudaba a reponer las fuerzas para la dura labor del campo. Como apunte señalar que el pan era de hogaza y que a menudo se enriquecía el agua de cocción con algún hueso de cerdo para darle mayor sabor. El ajo se incorpora a la cocción del pan a modo de sofrito, con un buen pimentón que le aporta color y calor al que la toma. Se sirven bien calientes en cazuela de barro.

Encontramos variantes de esta sopa humilde en otras regiones de  España. Así, la sopa de ajo a la andaluza, la sopa de ajo aragonesa, la sopa navarra o la sopa de pastor. Lo que más nos diferencia del resto, es la utilización del pimentón, un condimento muy berciano que nos identifica.

Hasta podemos encontrar algún poema dedicado a estas sopas, como el de Ricardo de la Vega que dice:

Siete virtudes
tienen las sopas
quitan el hambre,
y dan sed poca.
Hacen dormir
y digerir.
Nunca enfadan
y siempre agradan.
Y crían la cara
colorada.

Actualmente se mantienen este plato en las comarcas del centro, Castilla y León y Madrid; y en el norte de España y se asocia a la cocina de Semana Santa.