Hoy viajamos a Ancares pasa descubrir su cascada de Fumeixín.

cascada de fumeixin

Vamos a dejar una cosa clara antes de ponernos las botas: aquí no hemos venido a discutir dónde empiezan o terminan los Ancares. Que si la vertiente de Lugo, que si el valle del Burbia… Mira, a la montaña le da igual cómo la llamemos. Lo importante es lo que te hace sentir cuando el aire te golpea la cara y te olvidas de que tienes cobertura en el móvil.

Hoy os llevamos a uno de esos rincones que nos gusta recomendar cuando alguien nos dice: «Oye, quiero ir a los Ancares, pero voy con niños y no quiero acabar reventado». La respuesta es Fumeixín. No busques grandes cataratas de película americana; aquí la belleza es más íntima, más nuestra. Es el sonido del agua rompiendo el silencio de un valle que parece haberse detenido en el tiempo.

De Candín al rumor del agua

La ruta arranca en Candín. No tiene pérdida y, si la tiene, preguntas a un vecino, que seguro te indica mejor que el GPS. Lo mejor de este paseo es que es apto para todos los públicos: es sencillo, rápido y agradecido.

Saliendo del pueblo, cogerás una pista forestal. A los pocos metros, el olor a tierra húmeda y a vegetación cerrada te va a cambiar el chip. Al llegar al primer cruce, tira por la senda de la izquierda. Aquí empieza lo bueno.

Vas a caminar paralelo al Río Seco durante poco más de un kilómetro. Es un paseo para ir charlando, sin prisas.

El desvío y la recompensa

Atento al desvío que te marca la cascada. Aquí el terreno se empina un poco —un «repechín», como decimos aquí—, pero nada que no se arregle con un poco de resuello. Cruzarás un arroyo (cuidado con resbalar en las piedras musgosas, que nos conocemos) y tras una última subida corta… ahí la tienes.

La Cascada de Fumeixín aparece como un premio. No es solo ver caer el agua; es el frescor que desprende, el ruido constante que te limpia la cabeza.

La vuelta por Pereda: Artesanía y Pallozas

Para volver, no hace falta que desandes todo el camino igual. Baja hasta el arroyo y busca la senda oficial que te lleva hacia Pereda de Ancares. Y hazme caso: no pases de largo.

Pereda es uno de esos pueblos que guarda la esencia de la arquitectura de la zona. Aquí tienes dos paradas obligatorias si quieres entender dónde estás:

  • La Palloza: Hay una palloza restaurada que es una máquina del tiempo. Entra y trata de imaginar cómo era la vida aquí hace no tantos años, compartiendo techo con el ganado para combatir esos inviernos que te congelaban hasta las ideas. El olor a humo y a paja vieja te lo cuenta todo.
  • Artesanía Pumarego: Si te gusta llevarte algo que tenga alma, pásate por allí. Nada de imanes de nevera hechos en serie. Aquí se trabajan las manos.

Así que ya sabes. La próxima vez que quieras subir a los Ancares y no sepas por dónde empezar, acuérdate de Fumeixín. Es una ruta corta, sí, pero te aseguro que el recuerdo te dura mucho más que el paseo. ¡Nos vemos en los caminos!

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