El Castro de Chano se encuentra en el valle de Fornela atesora uno de los castros más importantes de la Península debido, fundamentalmente, a dos características: su excelente estado de conservación y sus dimensiones.

Se encuadra dentro de la cultura castreña, donde los elementos célticos están muy presentes. El asentamiento estuvo poblado por los astures durante el cambio de era, desde el siglo I a.C. hasta la primera mitad del siglo I d.C.

El castro de Chano estuvo oculto y protegido durante siglos por el terreno cedido de la ladera, hasta que en 1989 se inician las labores arqueológicas de recuperación. La muralla exterior acoge un total de dieciséis edificaciones y tres fosos excavados en la zona oeste, siendo uno de los castros más grandes descubiertos.

Algunos de los muros desenterrados alcanzan los 4 m de altura y un espesor de 60 cm de piedra. Consta la utilización de lajas de pizarra obtenidas de los alrededores para la construcción. Con un espacio interior de apenas 5,5 metros de diámetro, tenían un uso principalmente doméstico. De su interior se han recuperado restos de objetos de cerámica y útiles metálicos, principalmente de hierro.

Se aprecia la disposición de las casas, unas junto a las otras, sin apenas espacio para la ordenación de calles. Tres fosos excavados en la ladera oeste delimitan el castro.

Desde el castro se podía controlar gran parte del entorno. La confluencia del arroyo Mondiego con el río Cúa, además su orientación les permitía gozar de un lugar privilegiado para el pastoreo y las labores del campo.

Delimitar el castro es sencillo. A sus pies el río Cúa, en su espalda la Sierra del Padrón, más allá del valle de Fornela se contemplan picos montañosos de la Cordillera Cantábrica y por cumbre el cielo intenso de Ancares.