Si definimos el verbo vendimiar diremos que consiste simplemente en recoger el fruto de las viñas. Pero no es tan sencillo. La vendimia, como todo lo que rodea al vino, es todo un arte. Es esa época en que se recoge el fruto que el agricultor lleva todo el año cuidando. Es un gran momento, cargado de trabajo físico y emoción y que en muchas ocasiones se convierte en una festividad.

El cultivo y recolección de la uva se remonta hasta la antigüedad. Se han encontrado inscripciones egipcias que representan la vendimia y la pisa en lagares. Dependiendo del hemisferio en que nos encontremos, la vendimia varía: en el hemisferio sur se lleva a cabo entre febrero y abril y en el hemisferio norte entre julio y octubre. La fecha de vendimia la marca el grado de maduración de la uva y depende de las condiciones climáticas de cada zona. Por ejemplo, a latitudes más altas la uva tarda más en madurar.

La uva blanca madura antes que la negra. Por ello, el Bierzo, con variedad predominante de mencía, retrasa sus vendimias hasta finales de septiembre y principios de octubre.

La vendimia se realiza de forma manual, con cuidado para no estropear el fruto. El vendimiador acoge el racimo con una mano mientras con la otra corta el raspón. Los racimos se depositan uno a uno sin ser golpeados para evitar que las bayas pierdan su zumo. Este proceso es lento y trabajoso.

A la hora de vendimiar ha de evitarse recoger la uva mojadas, bien sea por lluvia, rocío o niebla. Tampoco es aconsejable vendimiar en las horas más cálidas del día para evitar la fermentación de la uva. Las racimos no deben aplastarse ni deben vendimiarse aquellos que no tengan el grado de maduración adecuado.

La vendimia agrupa a buen número de personas, por lo que la hora de la comida y al finalizar el trabajo se convierte en un momento festivo. Simboliza la finalización de un ciclo de trabajo y el comienzo de otro en los lagares y bodegas.